‘Nadie sabe que estoy aquí’, características de un ser magnánimo
‘Nadie sabe que estoy aquí’, características de un ser magnánimo

‘Nadie sabe que estoy aquí’, características de un ser magnánimo

Por: Roberto López
@RobertoLodom

Lo primero que vemos en Nadie sabe que estoy aquí (2020) es un bosque inmenso en una isla en el sur de Chile, la pequeña figura a lo lejos es nuestro protagonista. Memo, un hombre gordo e imponente, pasea dentro de una casa que no es la suya, mira a su alrededor y roba una prenda al ver que los dueños han llegado. Entretiempos, se muestran fragmentos de videos antiguos en los que un niño audiciona para cantar en un programa de televisión, y segundos antes, en los créditos (con una ingeniosa manera de mostrarlos) un hombre practica ejercicios de vocalización con ese niño, como preparación para la audición. 

Queda claro que Memo tiene un sueño frustrado: haber sido una celebridad infantil. La calma de los planos abiertos nos posiciona en el estado anímico del personaje; una soledad inminente, no soledad física, ya que nuestro protagonista vive con su tío Braulio (un genial Luis Gnecco), con quien apenas se comunica verbalmente. La soledad es interior. Memo es ante todo un hombre atribulado por un pasado del que también fue responsable, no sólo una víctima, y esto lo ha llevado a un estado de proscripción dentro de su isla.

En su ópera prima, Gaspar Antillo decide contar este relato desde el suspenso psicológico, subgénero bastante inusual para el tema que se toca: el mundo del espectáculo y sus estragos. Cada detalle visual representa el microcosmos de Memo, la isla en la que vive es su propio mundo y no conoce nada más, mejor dicho, no quiere conocer nada más.

En Nadie sabe que estoy aquí apreciamos todo desde perspectivas amplias. La cámara de Sergio Armstrong sigue a Memo a todas partes, y cuando esperamos que esas tomas sean en planos medios o cerrados, son casi siempre abiertas, como el espacio que hay entre él y el mundo que dejó atrás, a su alrededor; esa distancia que ha marcado con su padre, con su tío, consigo mismo. Memo casi no habla, y cuando lo hace es porque se le ve obligado o porque realmente quiere decir algo; es en esos momentos cuando todo se quebranta, todo sale a la luz.

El guión nos deja ver a cuentagotas los sueños, ilusiones y anhelos reprimidos con una ingeniosa clave visual; en los momentos más íntimos en los que Memo sueña, la iluminación cambia aunque esté en ambientes boscosos o dentro de casa. En un instante de genialidad de puesta en escena, Memo entra a su habitación y comienza a sonar un vals mientras él baila, una iluminación mayormente roja inunda el lugar, la toma se traslada al exterior y la luz permanece encendida dentro de la habitación; su sueño permanece encerrado dentro de las paredes.

La liberación de Memo viene con la aparición de una extraña mujer llamada Marta (Millaray Lobos), enigmática pero emocionada con la presencia de su compañero; llega en una pequeña lancha en una encomienda habitual en ausencia del hombre que usualmente realiza la entrega. Memo no sabrá cómo reaccionar ante su aparición, pero poco a poco sucumbe ante ella y abre su corazón aunque las consecuencias de ese acto no sean lo que espera. Aunque ella es una periodista oportunista hay un interés por él que la impulsa a conocerlo, a descubrirlo; a partir de aquí Memo encuentra una forma de salir del ostracismo.

Esta ópera prima parece no serlo, ya que al contrario de recurrir a sensiblerías o secuencias manipulables, Antillo, con una destreza narrativa, emplea el suspenso a su favor para mostrar el trauma, el arrepentimiento y una decisión para salir adelante. Mucho de ese trabajo que conecta con la audiencia es mérito de Jorge García, mayormente conocido por su papel en Lost, quien con su sola presencia e impostación logra provocar lo que él siente, sus emociones o temores, o una ira reprimida; como en la escena en la que Memo tira la mesa donde Martha coloca un libro de Angelo Casas (el hombre que le dio imagen a su voz durante años), mientras ella intentaba que la acompañara a un festival de música. 

Así es como recibimos una obra de sórdida honestidad, una película en la que la angustia y el arrepentimiento impera pero tratados con una inusual humanidad; se agradece que Antillo haya optado por el intimismo, por lo mínimo para contar la historia de un ser magnánimo.

Y si bien algunos elementos evidencian que el director novel aún debe trabajar en la coherencia de ciertos asuntos (como el suponer que todo el mundo ubicará a Memo tras haber visto el video en cierta red social), es grato recibir una oferta latinoamericana donde la mayoría de relatos son de absoluta miseria y crueldad, o en otros casos, de un despojo de sentido o buen gusto. 

Nadie sabe que estoy aquí está disponible en Netflix.

https://www.youtube.com/watch?v=RByl3fv4Ztw