Luciérnagas: Huidas, Ruinas y Destinos

Luciérnagas (2018) de  Bani Khoshnoudi

Por Roberto López
@RobertoLodom

Agustín Lara dijo en su canción que Veracruz era “…rinconcito donde hacen su nido las olas del mar…”, pero lo que olvidamos es que también dice “…Veracruz, rinconcito de patria que sabe sufrir y cantar…” 

Veracruz siempre ha sido la ciudad del eterno turismo, gente que halla un lugar, aunque itinerante, siempre disfrutable o hasta agradable. Para los que vivimos aquí sabemos que no todo es idilio, es más el dolor que se vive que las grandezas que se anhelan. 

Es ese rinconcito de patria que hará sufrir y cantar a Ramin, un joven iraní que llega por error a esta calurosa ciudad huyendo de la represión de su país. Tanto el idioma, como su orientación sexual y su nacionalidad, lo colocan en el margen de la otredad.  Mientras se esfuerza por juntar dinero para lograr salir del puerto, su rostro es el lienzo emocional donde esparce la sensación colectiva de una ciudad en ruinas. Y es que Veracruz está lleno de esos rinconcitos; lugares en el que el tiempo no ha pasado, edificios construidos de piedra muca o coral, grandes árboles ceiba, un lugar en el que la interculturalidad ha estado presente, ciudad azotada por la corrupción, narcotráfico e ineptitud de autoridades desinteresadas. Veracruz se siente como una plataforma de las miles de historias que han pisado su territorio. 

Arash Marandi entiende a la perfección la sensación de huida incompleta y lo dota a su personaje (Ramin): expresiones pálidas y desanimadas, ojos decaídos y una incipiente sonrisa a punto de desaparecer; primero está la desilusión, pronto vendrá la resignación. La directora, también iraní, Bani Khoshnoudi, apenas sugiere lo que sucedió con el protagonista en Teherán cuando éste sale a nadar con un compañero de trabajo, Guillermo, quien también es un migrante en búsqueda de una vida mejor. Ambos hombres entablan una relación extraña; pasea por la curiosidad, luego por la amistad, en determinado momento hay tensión hasta el derrumbe emocional de ambos, humillación. 

Ramin fue azotado en su país por ser homosexual, las marcas en su espalda lo demuestran, pero no sabemos de la violencia interior de Guillermo hasta una escena en la que revela su naturaleza despreciable, trabajo histriónico loable de Luis Alberti, cuya interpretación abre cuestionamientos de la dirección de sus acciones; se muestra amable, pero enigmático, la agresividad en su hablar y la ambigua calidez de sus movimientos lo colocan en un lugar incierto, no sabemos si confiar en él o no. Es él quien dice «Veracruz es un hoyo negro, homie, nadie se queda aquí», aunque ambos terminarán por decidir lo contrario, obligados por sus deseos, orillados por el anhelo de conectar. 

Ante este entramado de circunstancias entra Leti (Edwarda Gurrola, precisa y conmovedora), quien dirige el hotel en el que Ramin se hospeda. Se entabla una amistad restauradora; es ella quien establece un canal de comunicación seguro ante la falta de pertenencia en su vida debido al dolor causado por un amante lejano y la carga de un tío convaleciente, encuentra con Ramin una manera de pertenecer. En el intento de entenderse el uno al otro (y entender la ciudad en la que ambos viven), comienzan un encuentro de idiomas: él le pide a ella que le enseñe a hablar español a cambio de enseñarle a ella inglés, la ciudad que los alberga es ahora un espacio de reconciliación, de comprensión.

Ramin corresponde a Leti y viceversa; el primero lo dejó todo, a Leti la han dejado por todo. A pesar de vivir en una ciudad de caminos transitorios, ambos se encuentran en esa intersección humana y cálida.

Luciérnagas expone una realidad sin excesos, se conduce con una sobriedad asombrosa cuyo mayor acierto es voltear la cámara a los rincones menos explorados, los encuadres son trazados lentamente; así como esos árboles y piedras múca son lo que menos se aprecia de Veracruz, así hay un interés en poner la lupa en estos tres personajes descentralizados, se les observa alejados de las fronteras, de las tramas típicas de polleros y mojados. Khoshnoudi evita trivializar a sus personajes, sus conflictos radican desde un puerto que alberga tantos pasados, lugar en el que se deja todo atrás en miras de cosas mejores. 

Ramin lleva consigo las ruinas que cree haber abandonado. A pesar de ello, al final se dará cuenta que no es posible huir de la identidad, aunque indefinido, su destino (Veracruz) y todo lo que hace para anclarse allí, le muestra que no importa el lugar al que llegue, siempre será el mismo, sitio en el que se encuentre, el machismo y la homofobia serán encarnados por los rostros más comunes y amigables; de la misma manera, la calidez de saberse anclado es el mismo cuando se sabe que pertenece a un lugar. Lo que inicia como una huida en una ciudad en ruinas, termina con la celebración de la vida, con un carnaval (literal y metafóricamente). Ramin se acepta donde está a pesar de no estar donde quiere; está listo para continuar, su barco lo está esperando, la frontera de agua que antes le impedía ahora representa una salida. 

Edwarda Gurrola compite a mejor actriz en los premios Ariel 2020 por su papel en Luciérnagas.

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