Todo en esta película es real

Por: Roberto López
@RobertoLodom

Cómprame un revólver (2018), de Julio Hernández Cordón.

“México.
Sin fecha precisa.
Todo. Absolutamente todo es controlado por el narcotráfico.
La población ha disminuido por la falta de mujeres.”

Es la leyenda con la que inicia Cómprame un Revólver de Julio Hernández Cordón. Nos encontramos en un punto sin retorno ni soluciones, en un México sometido por la violencia en su expresión más alarmante. La última línea lo establece: “La población ha disminuido por la falta de mujeres”.

Lo que sigue es una secuencia en la que unos niños escapan de unas jaulas, y después el silencio, seguido de unas montañas lideradas por la voz de una niña que proclama:

Todo en esta película es real. La suerte es real. Y hay hombres con suerte. Y esos hombres heredan su suerte a sus hijas, esas hijas a sus hijas o a sus hijos.”

En un ejercicio similar al realizado por los Hermanos Coen con Fargo (1996), Hernández Cordón establece una línea ambigua entre lo real y lo ficticio. En aquella película estadounidense (que acumularía muchos premios y la base para una serie antológica), el intertítulo “This is a true story” resulta ser una mofa y a su vez una representación de la farsa del sueño americano, desde un evento real pero dramatizado al extremo para mayor disfrute de la audiencia. Estamos ante una historia real, sí, pero desde una visión universal: las miles de historias sobre narcotráfico en México convergen en la historia de Huck y su padre. Aunque el síntoma es el mismo (el narcotráfico), la diferencia radica en la forma en que se trata.

La narradora es Huck, nuestra niña protagonista; más que una heroína, es una sobreviviente. Junto a su padre administran un campo de béisbol concurrido por un grupo de criminales habituales. El campo debe estar limpio, ordenado e iluminado ante su llegada, y nada debe estar fuera de control; la opresión agresiva se desata si algo no está en su lugar.

Hay otra particularidad en este cúmulo de incidencias: Huck usa una máscara para ocultar su género y fingir que es un niño. Debido a la desaparición de las mujeres debe hacerlo, se ve forzada, así como las miles de mujeres que se ven orilladas a limitar su libertad por el miedo al acoso, la violación y el feminicidio. En el mundo de Cordón el feminicidio es la devastación absoluta que llevó al país (¿o al mundo?) a la escasez de mujeres. Si no quiere ser secuestrada, ella debe portar su máscara siempre en presencia de sus potenciales verdugos.

Esa máscara que utiliza para esconderse recuerda a la enigmática pintura de Frida Kahlo Niña con máscara de muerte (1938). En ella vemos a una niña con un vestido color rosa y una máscara de calavera, un juguete típico del Día de muertos; a sus pies hay una segunda máscara de tigre, utilizada como talismán en protección a los niños contra la muerte.

La muerte, que está al acecho de cualquiera todo el tiempo, es lo más común y recurrente a lo que ella se ha enfrentado y seguirá haciendo. Ella no sólo afronta la pérdida de su madre y hermana, de quienes constantemente pregunta a su padre, sino que tantea, sólo como una niña podría hacerlo, con una muerte asegurada debido a su género.

A pesar del mundo hostil que debe enfrentar, la inocencia no desaparece en ningún momento. Pero en el camino, su desaparición es inminente.
Tal pareciera que Huck es el resultado de dolencias sociales bien sabidas (de ahí que su primera línea en la cinta sea “Todo en esta película es real: la pérdida de la inocencia temprana, el sentido de supervivencia, el temor por ser mujer; las miles de historias de mujeres, una vez más, se concretan en ella.

Esos fragmentos de inocencia se consuman en los momentos en el que el clan de niños se une. Huck convive con sus amigos, todos son chicos. Con ellos ha aprendido e imitado convenciones masculinas a parte de su máscara. Sin embargo, esa dinámica instaura el vínculo ideal de la convivencia entre hombres y mujeres, comportándose como la máscara de tigre, de la pintura de Kahlo, protegiéndose a sí mismos, como un talismán.

Ante el cúmulo de dolor y pesimismo, Cordón y su equipo permiten impostar a la película un tono luminoso que coquetea con el realismo mágico. Las decisiones estéticas están sujetas a la experiencia de ser niño en realidades tormentosas. Estos giros mágicos están colocados con sutileza y sin atiborrar el relato. Uno de ellos, quizá el más arriesgado, sucede en una toma en picada, mediante la cual se recorre un campo con cuerpos dispersos tras un tiroteo, pero no son realmente cuerpos. Otro momento desconcertante y desgarrador sucede en una balsa en la que Huck y el jefe criminal, quien es transgénero, viajan hacia un destino incierto. El tema del género y la identidad se esbozan desde otra perspectiva pero nunca llega a desarrollarse.

Aquí es donde se incorpora el estilo visual del director y sus claras inspiraciones. Desde un Mad Max mexicano, pasando por Huckleberry Finn (¿de él vendrá su nombre?), un poco de Beasts of the Southern Wild (2012) y un espejo narrativo con Empire of the Sun (1987); el relato se nutre con un poco de todas ellas y agrega una capa personal, tan personal como la actriz Matilde Hernández (Huck), quien es hija del propio Cordón. Ella logra tejer, con una voz tierna y temblorosa, un retrato de una infancia rota aún capaz de conmover con tan sólo una mirada.  

Hay otro rostro en el cuento: El padre de Huck, Rogelio (un grandioso Rogelio Sosa), quien tiene otra suerte. Claro, porque la segunda parte de su conciencia narrada dice estar segura de que su padre es un hombre con suerte. La dualidad de privilegios se establece en ese soliloquio. Ella, apenas una niña, reconoce que su padre, un varón, tiene más suerte por el simple hecho de ser hombre en una sociedad en la que las mujeres escasean.

Rogelio es un hombre trémulo, siempre dispuesto a colaborar para proteger a su hija, aunque pareciera todo lo contrario. En una de las primeras escenas, Huck lava el pelo y le proporciona lo necesario a su padre para ducharse después de algún trauma, ya que él solloza, tiembla, está exhausto y triste. Rogelio lucha contra su enemigo y a su vez lo alimenta, su adicción es el motor de sus peores dolores: la amenaza a su hija y su propia salud.

Hacia el final de la película, Cordón nos dirige hacia una invitación de descubrimiento. Con tan sólo 1 hora y 23 minutos de duración, se extiende esta comisión de completar lo que queda del relato, forzando nuestra imaginación a lo que podría ser. Hasta este momento hemos visto a Huck luchar contra la muerte, pero lo abrupto de su final sugiere un universo más grande, a preguntarnos los posibles desenlaces o historias consecuentes.

Cordón tiene una resignación frente a la esperanza. Huck se convierte en líder del clan de sus amigos tras haber cometido algo horrible, confirmando sus propias palabras. Ella es una niña con suerte porque su padre lo es, pero no lo es lo suficiente para librarse de los horrores del mundo, del mundo que le tocó vivir. Es nuestra tarea rellenar los posibles finales. Hasta los créditos, ella es una niña con suerte porque sólo perdió su inocencia, pero pudo haber perdido la vida. Una vez más, ser mujer en México representa un milagro hermoso, pero al mismo tiempo corre el peligro más horroroso, como en la realidad, ya que, recuérdenlo, todo en esta película es real.

Lo único que queremos es que todas corran con la misma suerte.

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