El terror de la simplificación: ‘La llorona’

Por: Andrés Ferro
@andres.ferro98

Los complicados entramados sociales que han llevado a la sociedad latinoamericana al eterno letargo de la desigualdad han germinado a lo largo del tiempo en un constante mal sabor de boca del que parece imposible desprenderse. Pese a que en cada territorio latinoamericano existen en sí mismo miles de matices intermedios, pareciera que el cine logra alojar ese malestar social común que nos permite, como latinos, sentirnos identificados entre nosotros.

Curiosamente, el mismo día que la minga indígena llegaba a Bogotá para entablar un diálogo con el gobierno colombiano, se topó ante mis ojos la visualización de la película guatemalteca La llorona (2019) de Jayro Bustamante. Según el director centroamericano, este largometraje cierra una trilogía en la que cada entrega se centra en uno de los más grandes insultos que puede recibir un guatemalteco: Indio (visto en su opera prima Ixancul), hueco u homosexual (tema central de Temblores) y comunista, el eje del que parte el guion de La llorona. Leyendo a Bustamante, dicho término está lejos de significar en Guatemala lo que se ha definido en los libros. Es más bien la palabra apodada para todo aquel que se preocupa por los derechos humanos.  La apuesta de La llorona es mezclar la resignificación del término “comunista”, la vieja leyenda de la llorona y la historia reciente del país, todo en una clave que intenta parecerse al cine del terror.

Enrique Monteverde (basado en el expresidente guatemalteco Efrain Rios), es un general al que se le acusa de genocidio. Pese a la gran cantidad de mujeres indígenas que testifican sobre los abusos de poder de los cuales fue culpable, en un acto de total impunidad, Monteverde queda absuelto del caso. El pueblo enfurece al enterarse de la noticia y se atrinchera al frente del palacio del protagonista; él y su familia se encierran en una casa en la que se escucha una mujer llorar todas las noches.

Rápidamente, la película genera una tensión que atrapa al espectador, se introduce el lloriqueo de lo que parece ser un fantasma en los primeros minutos de la cinta. La atmósfera de misterio que rodea las primeras escenas genera una expectativa poderosa que engancha a la gente, que se pregunta muchas cosas: ¿Por qué llora esta mujer? ¿Qué forma tiene? ¿Cómo va a atormentar al general? Más pronto que tarde, Bustamante nos aclara casi todas las dudas que nos generó al principio. Radica en esa resolución precipitada y predecible un gran problema de La llorona: Se vende como terror pero no asusta de la manera en que lo promete.

No cabe duda de que todos los elementos puestos en la película son potencialmente terroríficos. Da escalofríos pensar que en Guatemala existió un genocidio que acabo con la vida de aproximadamente 200 000 personas por parte del estado. Peor aún, aterra ver cómo actos así pueden quedarse impunes, y que incluso hay seres humanos que defienden a estos abusadores. Eso sin contar con el evidente miedo que cualquiera sentiría al escuchar una mujer desconocida llorar en la noche. En ese sentido, no solo es valioso, sino coherente que estos elementos se cohesionen en una propuesta estética de terror, un riesgo no muy recurrente en la cinematografía latinoamericana, reticente siempre a seguir los códigos de los géneros, que pareciera, nunca hemos sentido nuestros. 

En La llorona se siente esa intención por democratizar el cine, por beber de muchas fuentes para crear algo nuevo y transgresor, por no impedirse mezclar leyendas, realidades y atmósferas. Esa mezcla, que suponía una propuesta novedosa en su inicio, se queda corta conforme el filme avanza, dejándonos con la idea de que todo en La llorona era potencialmente terrorífico, pero nada nos asustó. Seguramente, lo que falló no fue el “qué” sino el “cómo”. Ese balance entre el comentario político de Bustamante y el planteamiento estético del largometraje, que nunca terminó de fundirse orgánicamente, pero que siempre pareció una buena idea.Ahora bien, pese a todos sus reveses, hay que destacar que La llorona logra un extraño sentimiento de identificación que usualmente no se busca en las propuestas de género. No solo está intentando contar una historia, sino denunciar una problemática histórica que indigna por su gravedad y también por su similitud con tantas otras historias parecidas que atraviesan el continente. De ahí que se logre esa sensación de pensar que el general Monteverde y el sistema que lo deja impune no es único de Guatemala. ¿Cuántos generales Monteverde han existido a lo largo de nuestra historia? ¿Cuántas lloronas han gastado sus lágrimas pensando en sus hijos asesinados? ¿Cuántos indígenas sienten a diario el abandono de un estado que los atropella y no los escucha? Tales respuestas son tan variadas y terroríficas como lo intenta ser La llorona, y son tan válidas en Guatemala como aquí.

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