El día que el cine se casó

El dia que el cine se caso

Por: Andrés Ferro
@andres.ferro98

Entre académicos y cinéfilos existe el chisme de pasillo, nada reciente por cierto, de que el cine ya se murió o está cerca de hacerlo. Existen muchas teorías sobre su asesino, aunque de todas quizá la única que a mí me hace sentido es aquella que culpa a la representación.

Sin querer entrar en la polémica de si el cine realmente ha fallecido, he de aceptar que muchos de sus trucos se han vuelto repetitivos, flojos y predecibles. La innecesaria obligación que le hemos dado al cine de contar algo en lo que podamos creer, como si el sentido diegético de una historia fuera el valor más grande detrás de cualquier obra, ha condenado a las películas a caer en el yugo de la verosimilitud. Al final nos cuesta, tanto a realizadores como espectadores, alejarnos de esa adicción al falso artificio que define la ficción.

Claro, las cosas en el documental muchas veces no son distintas. El mal acuñado “cine de lo real” (como si la realidad en pantalla no fuera un utópico) presupone que detrás de un documental hay una verdad verificada, no por una intención tácita del realizador necesariamente, sino porque, por definición, es desde lo real de donde se bebe para hacer una obra de este tipo. 

Ahora bien, no necesariamente lo que parece real es real en sí mismo. Qué mejor ejemplo de esto que Nanook el Esquimal (1922) el clásico documental en el que Robert Flaherty construyó toda una atmósfera en torno a cómo vivía un cazador y pescador que habitaba en la nieve, aun cuando en realidad la vida de dicha persona era ya muy diferente. El debate del artificio en función del documental muestra nuevamente la acostumbrada necesidad de recurrir a la representación para narrar en imágenes. 

Pero más allá de la puesta en escena, la representación en el cine puede tener que ver más con la presencia de la cámara que con la misma ficcionalización de la realidad. Las personas que caminan en La salida de la Fábrica (1895) cambian el rumbo en su andar al notar la presencia del cinematógrafo, generando un pasillo sobre el que nadie pasa justo en la mitad del encuadre. Muy seguramente sin el cinematógrafo apuntándoles a la cara, su caminar hubiera abarcado toda dirección posible, no sólo aquellas que evadían la presencia de la cámara. Otro ejemplo es el de los álbumes de fotos familiares, que suelen ser un compilado de momentos felices dignos de ser guardados en nuestra memoria antes que retratos realistas del pasado. A raíz de eso, es típico que sonriamos cuando el lente nos apunta, como si la alegría fuera un sinónimo de lo que debe ser fotografiado.

Al final, es como si existiera una predilección natural a decirle mentiras a nuestra memoria, y a buscar que el arte que consumimos se ciña a esos mismos parámetros. El éxito del cine del entretenimiento va más allá del fuerte negocio que lo sustenta, pues está cimentado en lo que a la gente le interesa ver, y a la gente le interesa el artificio, así este esté condenado a la repetición eterna. 

El consuelo que a muchos les queda es el pensar que existe otro cine. Uno que le apuesta a retar los límites del arte del registro y expande sus posibilidades para superar el gastado debate de cómo contar una historia, y así centrarse en la imagen per se. El de aquellos que le han apostado a otra cosa, y que han triunfado dentro del círculo de personas que piensan igual que ellos. Un círculo lastimosamente muy pequeño para generar un cambio de paradigma que realmente revolucione nuestra manera de ver el cine.

Pero, en eso que tanto nos forzamos por esconder se encuentra una verdad contenida, bella y aterradora: vivimos encerrados en la mentira de la representación porque en ella encontramos un consuelo a la realidad tan ruda que se nos presenta. ¿Para qué hacemos al cine un catalizador que mueva sociedades en pro de un mañana más sincero si el miedo a movernos es más grande que nuestra necesidad? No existe mejor manera de correrle a los problemas que sentarse en frente de la gran pantalla, disfrutar de unas buenas palomitas y apagar el mundo real para encender la fantasía del teatro, una y otra vez, hasta que la muerte nos separe. 

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