El ritual de las doce piedras

Isabella - Matias Piñeiro

Crítica de Isabella (2020), de Matías Piñeiro

Por: Grace Ríos
@gracebud_

Luciana pasa por una calle y por otra, no se le ve apurada, camina a paso ligero, pero decidida. Luego viene un corte y nos olvidamos de ella. Después, la secuencia se repite una y otra vez. Entonces, comenzamos a preguntarnos: ¿hacia dónde se dirige?, ¿en algún punto llegará a su destino?

En Isabella (2020), el más reciente largometraje del prolífico director argentino Matías Piñeiro, da continuidad a su ya característico juego de palabras y tretas interpretados por las actrices que lo han acompañado a lo largo de su filmografía, María Villar y Agustina Muñoz. Sin embargo, esta vez lleva el relato a un nuevo paradigma lúdico en el que distintas líneas narrativas hacen contrapunto para contarnos una historia que es en apariencia simple. Mariel (Villar), lidera las diferentes líneas temporales entre las que transita la película. En una, está en búsqueda de su hermano para pedirle dinero prestado y decide llegar a él a través de Luciana (Muñoz), una excompañera de la facultad que resulta ser la amante en turno. En un principio la vemos en un vaivén —similar al de Luciana transitando por las calles—dentro de un club deportivo. Entra y sale, entra y sale, hasta que por fin se topa con su objetivo: Luciana. Las chicas casi de inmediato hacen buena relación y deciden ensayar juntas Medida por medida, la obra de Shakespeare a la que Mariel está próxima a audicionar. Y sí, al estar familiarizado con la filmografía de Piñeiro, podemos asumir que esta es una más de sus shakepereadas.

Piñeiro plantea aquí el juego de palabras sobre el que se sostiene su película: el otro como espejo, un personaje interpretado por dos personas distintas que emulan los mismos diálogos, y que en el proceso se mimetizan. 

El resto de las líneas temporales presentan una puesta en escena contemporánea protagonizada por luces, colores y piedras; y a una Mariel embarazada, quien recibe la noticia de que el papel que tanto anhelaba le fue dado a su doppelgänger, Luciana. ¿A dónde se dirigía Luciana? Justo a hacer la misma audición que Mariel para el papel de Isabella.  Aquí hay algo que resulta importante resaltar; Mariel admite que al ver a Luciana interpretando a Isabella sí siente cierto resentimiento, el anhelo de lo que no pudo ser resulta inevitable, pero en ningún momento se plantea una rivalidad entre las personajes. Por el contrario, se construye un reconocimiento del talento y habilidad de la otra; a Mariel el fracaso le sirve como una oportunidad para replantearse su vida, su papel como artista. ¿Por qué esta decisión narrativa es tan relevante? Porque estamos acostumbrados a un cine en el que cualquier asomo de competencia significa una rivalidad compartida entre dos personajes; por lo regular uno bueno y uno malo, un protagonista y un antagonista, no hay cabida para los matices, para los espacios de reconciliación. Esto muchas veces se vuelve aún más latente cuando se trata de personajes femeninos, que, por lo regular, desde el male gaze se disputan el amor de un hombre,  o en el mejor de los casos algún puesto de poder, porque en la agenda patriarcal no hay lugar para que dos mujeres triunfen. Pero en Isabella no parece haber atisbo alguno de perpetuar estas rivalidades nocivas, sino que se trata de abordar la otredad desde una postura que favorece la sororidad, haciéndola también presente de manera simbólica en las pañoletas verdes (color que representa la legalización del aborto) que traen las protagonistas atadas a sus mochilas.

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A la par del entramado en las historias de Mariel y Luciana, Piñeiro utiliza el color como pretexto para hacer una exploración del matiz. Con cada cambio de intención aparece un rectángulo de un color que pronto se disuelve en otro que abarca casi toda la pantalla. Piñeiro hace un énfasis particular al color púrpura. El púrpura resulta de mezclar el rojo y el azul, y su etimología proviene de los caracoles del mismo nombre que expiden una secreción que al oxidarse se convierte en una tinta purpúrea. Es un color que se produce de una mutación natural, una tonalidad que, según Mariel, da lugar a la ambigüedad. Cuando el cielo se tiñe de este color, reflejando su luz en el mar por un breve lapso de tiempo, es el momento ideal para tomar decisiones, para llevar a cabo “el ritual de las doce piedras”. 

La película es un ir y venir a los encuentros que tienen estas dos mujeres —unidas por el espectro de Isabella— en diferentes etapas de sus vidas, para al final descubrir que ambas han decidido dejar la actuación, por motivos en apariencia distintos pero que se reducen a uno solo: Isabella. Mariel, después de su fracaso en la audición para interpretar a este personaje, y Luciana como consecuencia de interpretarla hasta el cansancio. Esta revelación da lugar a una escena entrañable en la que después de confesarse actrices retiradas, recitan el diálogo que en un inicio las convirtió en aliadas:

“Si usted hubiera sido él
y él hubiera sido usted,
usted habiendo sido él
habría hecho como él.
Y él habiendo sido usted,
no hubiera sido tan severo”

Después de que el vínculo entre ellas revive, Mariel le cuenta un poco de qué va la colorida instalación que ha tenido un papel protagónico a lo largo de la línea temporal ubicada en el presente. Una serie de rectángulos coloridos en cuyo centro aparece alguna piedra. Explica:

“Son doce piedras, con cada piedra te das la oportunidad de dudar acerca de una acción que tienes que llevar a cabo. Cada piedra representa una duda; si la duda no te detiene, tiras una piedra tras otra. Luego pueden pasar dos cosas: una opción es que te quedes con una piedra en la mano; eso significa que tienes una duda importante, que no tienes que llevar a cabo la acción. En la segunda opción no te quedas con ninguna piedra, y, entonces, a esa decisión lo único que le hace falta es ejecutarla”.

Mariel le confiesa a Luciana que durante este ritual, en el muelle, mientras contemplaba los colores purpúreos y volátiles del atardecer, se quedó sin ninguna piedra y fue así como decidió dejar de actuar. A lo que Luciana le responde que siempre existe la posibilidad de juntar doce piedras nuevas, tirarlas y volver a actuar. 

El montaje paralelo que propone Piñeiro, en el que aborda diferentes temporalidades, y la versatilidad del color, más allá de ser uno más de sus recurrentes juegos rítmicos, son un constante recordatorio de la dualidad de las cosas, de las míticas formas que tiene el pasado de conjugarse con el presente y que “el ritual de las doce piedras”, como dice Luciana, no tiene porque celebrarse una sola vez, nada es permanente. Y, aunque suene a cliché, siempre nos podemos dar otra oportunidad, es válido cambiar de opinión, encontrar nuevas dudas, regresar, volver a empezar.

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