Canción sin nombre: el pasado presente

Canción sin nombre - Celuloide Latino

Por: Andrés Ferro
@andres.ferro98

Por encima de todos los temas y subtemas que pueda tener Canción sin nombre (2019), ópera prima de Melina León y seleccionada por Perú para competir por una nominación en los Oscar, es el de la memoria el que considero más poderoso. 

¿Cuáles son los límites sobre los cuales perdura una acción? La respuesta a dicha pregunta es mucho más compleja de lo que parece, pues las acciones nunca son unitarias, sino que viven encadenadas a otras que ya sucedieron en el pasado. Los enredados hilos que terminan determinando nuestro diario vivir nos obligan a recordar qué fue lo que ya hicimos, con la ilusión de que solo así podremos algún día hacer las cosas diferente.

La dictadura del recuerdo mueve nuestras vidas. Tenemos que recordar cómo hablar, escribir o leer. Debemos saber cuáles son los códigos sociales que necesitamos para salir a la calle. Tenemos que aprendernos una clave para poder sacar dinero, con el fin de poder usarlo en aquello que recordamos necesitar. Por otro lado, solo siendo capaces de recordar podemos saber cuál es el lugar al que el mundo nos ha arrojado, y, a partir de ahí, entender cómo debe hacernos sentir una cosa u otra. Con qué bandera debemos identificarnos. Cuál es nuestra herencia familiar, social, política, económica, cultural, etc. 

De un modo u otro, el recuerdo es también una condena que nos dice todo el tiempo lo que ya se hizo y no se puede cambiar. Es quizá el pacto más cruel que tenemos con el mundo. Vivimos obligados a recordar y no podemos borrar lo que ya está hecho. Revisitar el pasado es acordarnos no solo de lo que ya sucedió, sino de lo que pudo haber sucedido si hubiéramos actuado diferente.

Tales reflexiones se ven reflejadas en varias dimensiones estéticas y narrativas de Canción sin nombre. En ella nos cuentan la historia de Georgina, una mujer indigena en los años ochenta a punto de concebir un niño. La mujer (retratada por una excelente Pamela Mendoza) decide ir a una clínica en la que le ofrecen un parto gratuito, que al final resulta ser un pretexto para secuestrar a su hijo recién nacido. Es así como Georgina se embarca en una búsqueda imposible, en la que se tiene que enfrentar al letargo de la burocracia, a su condición de extrema vulnerabilidad, y al hecho mismo de que lo que está buscando siempre parece muy distante. Canción sin nombre se destaca por no caer en la exageración o el exotismo, pero no dejar de lado la tragedia, ocasionada por un contexto árido de oportunidades y no por decisiones individuales erróneas. 

Ya en los primeros planos de la película León nos muestra la convulsión social tan marcada que vivía la población peruana en los años ochenta, usando titulares de periódicos con frases sugerentes e imágenes explícitas. El filme es en sí mismo una revisita a un pasado lleno de grietas e inconsistencias del que devienen muchas de las crisis que hoy en día estamos atravesando en el continente. De ahí la relevancia sobre volver al pasado y la pertinencia de hacerlo usando la cámara para recordar (lo que explica el blanco y negro y la relación de aspecto usadas de principio a fin). 

Melina León logra con Canción sin nombre usar la historia de un personaje para hablar de un contexto mucho más grande, sin caer nunca en juzgar a sus protagonistas. La película, más que la denuncia de una injusticia, parece ser un comentario sobre lo que significa nacer vulnerable en un país en el que la inequidad te puede llevar a terrenos demasiado empinados. 

Para la directora Georgina no es la típica mujer indigena ignorante que se mete en problemas por su propia ingenuidad, es más bien la víctima de un sistema en el que su cultura dejó de importar hace mucho, y en el que mujeres como ella están condenadas constantemente a vivir siendo vulneradas.

El crudo relato que esconde el filme representa un sentir generalizado de impotencia que se vive en toda Latinoamérica aún hasta nuestros días: la costumbre a saber que las cosas aquí no funcionan como deberían. Que las influencias son más importantes que la razón, y que el nacer sin oportunidades es un lastre que se lleva para toda la vida, pues las diferencias entre aquellos que luchan por sobrevivir y los que tienen (tenemos) la oportunidad de hacer algo distinto es tan grande que el camino hacia el progreso es una ilusión.

¿Cuáles son entonces los límites sobre los que perdura una acción? En un continente que hace muchas cosas, pero no avanza, nunca ha sido más relevante hacerse esta pregunta. Tendrá que ser el cine el que una y otra vez nos recuerde lo que hemos sido y el porqué hemos llegado hasta acá, y tendremos que ser nosotros los que lo usen para por fin dar un paso hacia adelante.

Disponible en Netflix