El diablo me dejó vivir

Crítica 2 Sin señas particulares
Crítica 2 de Sin señas particulares (2020), de Fernanda Valadez

Lee crítica 1: Una dolorosa travesía colectiva

Por Roberto López
@RobertoLodom

¿Quién es el diablo? 

El cuadro abre, enmudece el viento. Una figurita a lo lejos se acerca con mesura a un plano medio; es Jesús, un muchacho. Dice que se va a ir a Arizona con Rigo, que allá le van a dar trabajo. 

Meses más tarde su madre, Magdalena, levanta una denuncia al Ministerio Público por posible desaparición forzada. La denuncia no pasa; lo único que se logra es acceder a un álbum con fotos de recientes cuerpos despedazados. El infierno se asoma incipiente. Magdalena está convencida que su hijo sigue con vida, que el documento de defunción que le obligan firmar no es más que un añejo artilugio para taparle el ojo al macho. 

En otro lado, Olivia va en búsqueda de reconocer el cuerpo de su hijo desaparecido hace años; su caso es similar pero en esta ocasión hay resolución, la incertidumbre cesa. El cielo atestigua en un grito las atrocidades del diablo, en espejos invertidos en los lagos calmados, entintadas las nubes de sangre color lila (como las nubes de Schrader en First Reformed [2017]). Sin señas particulares, ópera prima de Fernanda Valadez y coescrita con Astrid Rondero, integra con genuinidad la sórdida violencia en México con la magia onírica que reside en la incertidumbre. 

La película asombra por la subversión de lo poético.

Dentro de la tradición en el cine mexicano, de subrayar el sufrimiento y la crudeza de las agresiones, Valadez opta por transgredir dichas formas con expresiones minimalistas; lo poético juega un papel porque no se acostumbra emparentarse con este tipo de temáticas. Más cerca del Reygadas de Nuestro Tiempo (2018), las tomas preciosistas están ahí no para impresionar a los estetas, sino para reforzar la idea de la pérdida, el dolor y la angustia, balanceando el estilo documental con la ficción, tanto en los diálogos verosímiles entre los personajes como en la fotografía de Claudia Becerril, quien juega con los claroscuros, contrastes y reflejos. En Sin señas particulares la imagen se subordina para el beneficio de la expresión compasiva hacia los personajes. 

El testimonio se completa con la aparición de Miguel, un forastero deportado de quien desconocemos sus intenciones o naturaleza hasta la consolidación de su travesía. Ambos se interconectan para formar una complicidad y un viaje encontrado que nos coloca en simpatía con sus motivaciones y tristezas: ambos han perdido, ella un hijo, él una madre. Los dos viven al filo de la incertidumbre. La angustia se filtró en los rostros que trascienden a la realidad mexicana, ésa que conmemora, ríe y celebra, mientras detrás, la maldad diabólica sigue orquestando el próximo golpe de robos de inocencias. 

Cuando comprendemos que el diablo ha irrumpido todo, la respuesta se antoja devastadora. El testimonio de un anciano lo declara: <<El diablo me dejó vivir>>; pero ¿para qué? Al contemplar las múltiples respuestas acudimos al triste desenlace que implosiona delante de Magdalena, con el temple plausible de un trauma como ese. Lo dicho era cierto: el diablo deja vivir porque roba aquello que a él también le fue robado. Fusionando el abstracto misticismo del cine de Apichatpong Weerasethakul junto al onirismo de Bi Gan, Sin señas particulares logra algo grandioso, pero infrecuente (como muy pocas películas mexicanas del tipo) al mostrar el origen del mal sin sobrepasarse ni menospreciar el entendimiento de las víctimas, mientras muestra el viaje de los que sufren tal ausencia.

La historia culmina como la integración poética de lo inusual: la silueta del diablo se figura frente al fuego, evocando el poder devastador que posee sobre los que decide poner su ojo, así como Valadez, cuya agudeza compasiva coloca un mensaje de correspondencia a aquellas que se embarcan en travesías cuyo destino, de entrada, es la muerte.

Lee la crítica 1: Una dolorosa travesía colectiva por Grace Ríos

Trailer: