Los días más oscuros de nosotras

Los dias mas oscuros de nosotras
Crítica de Los días más oscuros de nosotras (2017), de Astrid Rondero

Por Grace Ríos
@gracebud_

Dos mujeres se encuentran en una cantina de la ciudad fronteriza de Tijuana. Una de ellas, Ana, está sentada en una esquina, bebiendo una cerveza sola. Silvia, quien la encuentra ahí de manera fortuita, decide acompañarla. Se sienta a su lado. Las mujeres apenas se conocen. La atmósfera que se genera es tensa, incómoda y, al mismo tiempo, sugerente, embelesante. Intercambian algunas frases que revelan un poco más de su condición, solo lo justo para que entre sutilezas y palabras tajantes, se comiencen a traslucir los demonios que las atormentan. Las emociones contenidas se convierten en un parteaguas para el torrente de intercambios cada vez más íntimos que pronto llegará a su punto de ebullición.

Las escenas incómodas son de las que más disfruto en el cine, me hacen sentir presente y de alguna manera relacionarme con las historias que veo en pantalla, las cuales la mayoría de las veces se remiten a la tradición hegemónica del cine industrial, en el que se muestran narraciones épicas o aspiracionales que distan mucho de la realidad cotidiana en que la mayoría de los espectadores estamos insertos. Este tipo de escenas incómodas abundan en Los días más oscuros de nosotras, ópera prima de la directora y productora mexicana Astrid Rondero. 

La película inicia con una escena en la que una camioneta Ford ochentera transita por una carretera desértica, desde la que por momentos se avista el mar. La camioneta la conduce Ana, una mujer cuarentona, de semblante serio. Ana recibe una llamada telefónica  de una mujer que la deja incómoda, algo relacionado con una casa. 

Así es como la directora nos presenta a su protagonista y parte de su contexto. Ana es una arquitecta soltera que llega como líder de la construcción de un edificio frente a las playas de Tijuana. Desde que pone un pie en el que será su nuevo espacio de trabajo, es hostigada por los piropos de los albañiles de la obra, que aún no saben que la mujer a la que acosan es su nueva jefa, relevo del antiguo jefe, un hombre mayor quien alguna vez fue su profesor. Esta primera interacción pone sobre la mesa uno de los temas fundamentales que se desarrollarán a lo largo de la película: las violencias a las que se enfrenta una mujer al estar en un puesto de poder en una cultura sumamente misógina y, en general, el machismo insertado en los diferentes ámbitos de la vida de una mujer, en las relaciones de pareja, en la crianza, etc.

Ana llega a tomar su nuevo puesto de trabajo a la ciudad en que se construyeron sus propios cimientos, una en la que los fantasmas de su pasado están al acecho en cada esquina. El proyecto arquitectónico es solo el pretexto para confrontarse a sí misma y acercarse también a la mujer que habita la que fue su casa de la infancia, Silvia, quien insiste en comprarla. Aquí cabe apuntar que el interés de Ana por la casa en que creció no es meramente material, sino que está ligado a un evento traumático que vivió en aquella casa; la trágica muerte de su hermana en un accidente, del que se niega a hablar a detalle, sin importar quien la cuestione. 

La curiosidad de Ana por Silvia, su inquilina, se hace cada vez más imperiosa después de su primer encuentro en persona (se conocían únicamente a través de llamadas y mensajes). Silvia es una mujer más joven que ella, que aparentemente vive sola en aquella casa y tiene una urgencia —en un inicio enigmática— por adquirir la propiedad. Conforme avanza la trama, Ana descubre que la principal fuente de ingresos de Silvia se deriva de su actuación como bailarina en un tugurio, y que su apremiante interés por hacerse de la casa se origina de su necesidad por probarse apta para obtener la custodia de su pequeña hija, quien se encuentra al cuidado de su padre en Estados Unidos. La frontera aparece como una metáfora no sólo de la distancia física, sino de la distancia emocional entre Silvia y su expareja, la distancia que existe entre los géneros masculino y femenino. 

Cuando el exesposo de Silvia descubre la manera en que esta se gana la vida en los clubes nocturnos, lo aprovecha para usarlo en su contra. Porque a pesar de que en gran medida esos lugares existen gracias a la demanda masculina, y que no implican tampoco nada ilegal, aparecen ante la sociedad como denigrantes. Después de esto, aún cuando tiene su vida en orden y ha logrado comprar la casa de Ana, Silvia pierde la custodia de su hija y en un acto desesperado, se la lleva a México sin el consentimiento del padre. 

Durante toda la película, la directora hace uso de las posibilidades expresivas de los recursos cinematográficos: sonidos evocativos e imágenes oníricas para compartirnos el duelo de la protagonista sin necesidad de palabras que quizá podrían resultar inabarcables. Los espacios vacíos que habita Ana, que se ocupan con sus cada vez más persistentes  persecuciones tras el fantasma inasible de su hermana, se materializan en el afecto que siente por Silvia y en el reconocimiento de la huella de violencia que comparten. 

El punto de ebullición llega cuando ambas mujeres se reconocen entre sí, en sus silencios y aflicciones compartidas, en las ausencias que tratan de abarcar con desesperación, en los diálogos compuestos más de miradas y expresiones corporales, que de palabras. Los días más oscuros de nosotras es una película que se siente honesta, cuyas imágenes permanecen en la memoria, construyendo, derribando y reconstruyendo los escenarios que habitamos en un país azotado por la violencia, particularmente la violencia de género, y en el que pareciera inasequible sentirse acompañada, sino es en el reconocimiento sororo de otra mujer. 

Trailer: