Reminiscencias de una manada
Reminiscencias de una manada

Reminiscencias de una manada

Crítica de Los Lobos (2019), de Samuel Kishi

Por Karla D. Oceguera
@karlaoce

En un país como México, en donde la producción cinematográfica está mayoritariamente centralizada, las obras realizadas en otras regiones del país resultan una bocanada de aire fresco, demostrando que existen mundos más allá de la capital con los que fácilmente podemos encontrarnos e identificarnos.  

En 2015, con funciones limitadas y en horarios poco accesibles, Somos Mari Pepa (2013) se proyectó en un cine lejano de Guadalajara. Yo cursaba mi segundo año de la carrera y me emocionaba bastante poder ver una producción independiente que había sido filmada en la ciudad y con un crew local. Éramos cuatro personas en la sala. Al salir, mi acompañante y yo estábamos envueltos en una euforia. Nos sorprendía mucho cómo la película, con aparentemente tan poco, podía sentirse tan cercana, libre e incluso un tanto aspiracional para nosotrxs, un par de estudiantes de artes audiovisuales. Algunos años después, nos enteramos que Kishi está preparando su próximo largometraje, y por azares del destino vemos un fragmento de la película en una de las pruebas que tuvo en la Cineteca FIGC antes de comenzar su recorrido por festivales. Quedé enganchada desde ese primer avistamiento. 

Me alegraba ver que a pesar de la pandemia, la película estaba siendo todo un éxito en su ruta festivalera, siendo acogida y aclamada por la crítica internacional. Traté de no leer nada al respecto y esperé ansiosamente su estreno en cines. Finalmente, en 2021 dentro de una sala de cine de arte en Michoacán, siendo mis padres y yo las únicas personas en la sala, vi Los Lobos. Un grato abrazo después de un largo encierro. 

Al ver la película volvía a experimentar esa sensación de libertad, apertura y cercanía. Extrañamente sentía que conocía a esa pequeña manada y su universo me resultaba familiar. Para mí, ese es el mayor logro de Los Lobos. Samuel Kishi logra compartirte e introducirte en sus recuerdos. El lenguaje y realización de la película transforma lo autobiográfico en una historia universal con la que es muy fácil conectar. 

Me parece que a través de la exploración de diversos formatos, se construye una narrativa heterogénea y cambiante, a pesar de que la película cuenta una historia lineal. Esto en cierto sentido me remite al propio funcionamiento de la memoria, el cual entremezcla imágenes, sonidos y sensaciones (no necesariamente fieles a la realidad) para poder crear y conservar un recuerdo.

En el caso de la animación, es claro que el formato encapsula el universo de Max y Leo. Son ellos los que nos cuentan su propia historia y nos comparten sus deseos, miedos y emociones a través de dibujos, juegos y odiseas. Me parece que este dulce e inteligente posicionamiento, reivindica la mirada infantil dentro del cine e incluso nos cuestiona qué tanto escuchamos y prestamos atención a las voces de lxs niñxs.

Los fragmentos documentales dentro de la película funcionan como pequeñas postales del contexto que rodeaba a la manda. Estos retratos e imágenes estáticas resultan hasta cierto punto lejanas para los personajes pero de igual manera están presentes dentro de su entorno.  Funcionan justo como una postal, que si bien no describe un espacio de manera fiel y descriptiva, logra crear una idea de él retomando su esencia. Creo que si nosotrxs mismxs rememoramos en nuestras propias infancias, la mayoría de nuestros recuerdos son esta clase de postales. 

El sonido resulta uno de los medios más trascendentales dentro de la película. Por un lado contamos con el sonido de la grabadora que conjuga no solo la presencia materna, sino el pasado y la identidad de la manada. Escuchamos una serie de normas, canciones y muestras de cariño que reflejan los vínculos que lxs personajes han dejado atrás y que ahora, en este lugar lejano y ajeno, tienen que reinventar. Por otro lado, contamos con la presencia de la música, la cual nos introduce en un estado emotivo que permea toda la película y enriquece magníficamente el relato, haciendo evidente que Kenji Kishi, compositor y hermano de Samuel Kishi, volcó y tradujo sus propias memorias en dicho formato. 

Usualmente el tema de la migración es abordada de dos maneras: puede llegar a ser una historia un tanto escabrosa y trágica o, en el otro extremo, un caso inigualable de éxito y prosperidad. Los Lobos, por su parte, logra tener un acercamiento distinto, sincero y conmovedor que no solo muestra las complicaciones de un contexto, sino que las complejiza, dándole igual relevancia al sentir de los personajes, sus esperanzas y esfuerzos, así como también a sus dificultades y aflicciones, lo cual me resulta sorprendentemente cercano a la vida misma. 

Los Lobos resulta un cachito de esperanza, no solo para sus personajes, sino para aquellxs realizadorxs fuera de la capital que buscan contar historias de su entorno, cercanas, libres y sinceras.

Trailer:

Los Lobos

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