Por el amor a la libertad
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Crítica de El olvido que seremos (2020), de Fernando Trueba

Por María Gómez
@incognitaazul

En este caso no hablaré sobre las diferencias narrativas respecto al libro y su película, contemplaré más bien un enfoque que se atiene a las sensaciones y al filme en sí mismo.

La piel chinita, el corazón a mil, el despojo de la vida y de las pertenencias en el mundo tangible, cuya voz solo retumba en los que conocen al despojado. Cualquier colombiano ha percibido esta sensación cuando ve sangre corriendo por la calle, los gritos inundando la atmósfera.

Esta es la historia del dolor de una nación que se inunda en la memoria de un ser humano, cuyo caso de estudio es Héctor Abad hijo. Dicho esto, entendemos que el personaje principal es el hijo, Héctor Abad Faciolcine, que se desarrolla a través de la vida de su padre, Héctor Abad Gómez.

El concepto principal es el amor y la ayuda desinteresada hacia el prójimo, la influencia del padre sobre el hijo, la construcción de la visión sobre la vida y los valores. Es el reflejo de la construcción de una sociedad que parte de 1987 y hace un recuento del pasado, en el cual se devela la influencia de la iglesia y el poder del narcotráfico, aspecto que cambiará la vida del padre y de su familia.

Instituciones como el Estado, la universidad y la familia se aíslan, en la mayoría de los casos, de la realidad de los colombianos, muchos de quienes ignoran la verdad a causa de la venda que oscurece la objetividad y otorga prevalencia a los privilegios. Esta venda se ve también reflejada en la historia de Héctor hijo que, a su vez, se escapa de responsabilidades gracias a esta, en el suceso en el que estrella a una persona en la calle y los intentos de Héctor padre por responsabilizarlo se ven contaminados por su poder en la sociedad.

Por otro lado, la influencia de la madre (Clarita), apelando a la educación de la mujer y su empoderamiento, le da un estatus importante en la época en la que se desarrolla la historia. Es una mujer que trabaja y vela por la estabilidad de su familia sin depender de un hombre, ya que ambos aportan a la economía del hogar, reflejando un punto de vista avanzado para la época.

Desde el aspecto estético, se establece una época y un contexto histórico a través del arte y los diálogos. Así mismo, vemos una presencia de planos en movimiento, una luz tungsteno (cálida), y unas sombras tenues. La entrada de luz está presente en toda la arquitectura, simbolizando el carácter despierto y feroz de Héctor padre y Héctor hijo. La música incidental no está muy presente en toda la película, pero se vuelve recurrente en escenas de tensión y puntos de giro.

En cuanto al concepto, la paleta de color se ciñe; el color amarillo es clave, está presente en la ambientación, la utileria e inclusive en el vestuario. Destaca también la presencia del blanco y negro, cuya tarea más que reflejar la tristeza de un alma sin rumbo es un desazón que evoca la distancia entre Héctor hijo y Héctor padre.

Igualmente, la dirección de actores, cuyas miradas y diálogos logran generar una conexión directa con el espectador, es apreciable. Luego, la transformación de los personajes es humana y orgánica, la construcción de los mismos es colectiva, desarrollándose bajo un contexto familiar. Todo esto justificado dentro del universo narrativo que se compone a lo largo de las dos horas de película. Todos los sucesos y los personajes se conectan, todo tiene un sentido y una razón de ser bajo una realidad de violencia.

Sin lugar a dudas, hay algunos aspectos que pretenden servir de innovación en la narrativa y de marca personal para el director y la película, por ejemplo, alrededor del minuto 48 se cuenta la historia desde una voz en off que precede a un falso plano secuencia que muestra el paso del tiempo en la historia. Del mismo modo, los espejos en varias escenas no solo funcionan para separar los espacios, sino para generar una barrera entre lo que Héctor puede y/o está preparado para saber y lo que no.

Es indudable sentir que El olvido que seremos es el resultado de la intuición de Fernando Trueba, de sus sentires dibujados en cada ápice de la película; en sus colores, en la elección del elenco, la creación de sus metáforas audiovisuales.  El poder de Fernando  está en escapar del carácter predecible y su capacidad de enfrentarse a unos problemas históricos que circundan la realidad colombiana, atreviéndose a generar una posición. 

Definitivamente, el efecto que deja El olvido que seremos en el espectador es un sinsabor respecto de los seres humanos, por aquellos que deciden luchar por la igualdad y la calidad de vida en una sociedad en la que los hilos los mueve el dinero y la corrupción.

Queda decir que el filme deja entrever que la muerte es lo único inevitable, a pesar de nuestras acciones, la carencia de miedo, o la suerte azarosa del destino con el objetivo de acelerar su fin y callar una voz para siempre.

En pocas palabras, la primera vez que vi la película me dio la sensación de estar viendo un retrato poético de una realidad como nación, de una historia de vida que pende de un hilo. Entendí también que todas nuestras acciones nos llevan a un único camino.  Es una historia, dentro de todo, de un padre y un hijo, que en el caso de la película está contada desde el punto de vista del hijo, quien rinde homenaje a su padre desde el amor y el orgullo.

Para terminar, cito: “No soy el insensato que se aferra al sonido mágico de su nombre”.

El olvido que seremos esta disponible en Netflix

Treiler:

El olvido que seremos