la obscuridad de los sonámbulos
la obscuridad de los sonámbulos

la obscuridad de los sonámbulos

Crítica de Los sonámbulos (2019), de Paula Hernández

Por Karla D. Oceguera
@karlaoce

“La violación ha sido un método de intimidación mediante el cual los hombres mantienen a las mujeres en un estado continuo de terror”.
-Susan Brownmiller 

Las manecillas del reloj suenan en la obscuridad, una puerta se abre y el agua comienza a correr incesante. A través de la penumbra, vemos el rostro de una mujer en cama, Luisa, que despierta desconcertada y recorre sigilosamente su departamento, buscando a su hija, Ana, que finalmente encuentra en medio del pasillo, sangrando y desnuda; posteriormente se revelará que Ana es sonámbula. Esta escena inicial, con ciertos tintes del género de terror, predice el destino y tono de la historia, anunciándonos una posible catástrofe. 

La película se desarrolla en unas vacaciones de fin de año, en la casa de campo de la familia de Emilio, esposo de Luisa y padre de Ana. Al llegar son recibidos por Meme, madre de Emilio, quien está acompañada de su hijo Sergio, sus nietos Martín y Enano (hijos de Sergio) y su hija Inés, que cuida a su bebé recién nacido. Más tarde llegará Alejo, hijo mayor de Sergio y personaje que detonará la crisis familiar. 

A pesar de que la trama la entretejen diversos personajes, nuestra guía será Luisa, quien desde un inicio muestra cierta pesadez e incomodidad ante las vacaciones, y una clara aprehensión ante el crecimiento de su hija. Luisa tratará de mantener el control, no solo de ella misma sino también del actuar de Ana, construyendo una relación maternal que puede resultar un tanto asfixiante. 

Lo que en un inicio parece ser un coming of age de madre e hija, poco a poco va convirtiéndose en un conflicto familiar que devela los estragos del machismo, principalmente en los personajes femeninos. Paula Hernández construye gran parte de la historia en el subtexto. A través de silencios, miradas y reclamos, va trenzando las relaciones de los personajes, develando microviolencias, resentimientos, deseos, celos y frustraciones. Los aparentes problemas de los personajes, como lo es la venta de la casa de campo, parecen ser solo una excusa para abordar los verdaderos puntos de tensión y el verdadero problema: el patriarcado. La mayoría de los personajes prefiere esquivar, evitando constantemente la confrontación, pero haciendo visible el conflicto a partir de actitudes pasivo-agresivas. Como bien lo indica el título, los personajes prefieren caminar dormidos antes que encarar la realidad. 

Las actuaciones resultan muy beneficiosas para el tono de la película. Se percibe un gran trabajo detrás de cada uno de los personajes, principalmente de Luisa que pocas veces está fuera de cuadro. Considerando la cantidad de integrantes del elenco y la dinámica tan particular que se construye entre ellos, la dirección de actores me parece un factor muy rescatable del film. Además, la representación de las violencias machistas que pueden darse dentro de las familias me parece sumamente acertada, desde coqueteos o insinuaciones no solicitadas, hasta la ausencia masculina en el cuidado del hogar. 

La película tiene claramente una gran influencia de La Ciénaga (2001) de Lucrecia Martel, no solo en la forma en la que se aborda la historia, sino incluso en la propuesta visual. La puesta en cámara se conforma principalmente de primeros planos, estando siempre cerca de los personajes al punto de llegar a ser asfixiante, lo cual refleja perfectamente su situación. La profundidad de campo es corta por lo que mucha información visual queda fuera de la vista del espectador y se oculta como muchos de los problemas de la familia. Esta decisión toma mucha mayor fuerza y sentido en el clímax de la película, donde Hernández decide no mostrar explícitamente la violación de Ana por parte de su primo Alejo y, en cambio, la sitúa en un contexto de obscuridad y confusión. Esta propuesta me parece acertada ya que, a diferencia de otras películas, la violencia contra la mujer no es estetizada, trata de mostrarse tal cual es y al mismo tiempo es coherente con la propuesta creativa y principalmente con la narrativa.

Esta escena, aunque incómoda y devastadora, me parece el epítome de la obra. La violación es una de las expresiones más violentas y cúlmenes del patriarcado, y aunque siempre me resulta perturbador verla en pantalla, sé que es necesario hablar de ella y hacernos conscientes de su existencia y principalmente de aquello que la ocasiona. 

Me parece que Hernández es clara con su postura. Desde un inicio muestra diversas agresiones por parte de los personajes masculinos, agresiones que se replican en las distintas generaciones de la familia, pero que los integrantes de esta se niegan a ver y mucho menos confrontar. Incluso puede que algunos personajes sean conscientes de dichas violencias o por lo menos de algunas, como Luisa, que ante una insistencia por parte de su esposo Emilio en tener relaciones sexuales, reacciona segura, pone sus límites y menciona: “Con presión nunca salen bien las cosas”. Sin embargo la violencia patriarcal resulta más grande que ella y está fuera de su control. Las personajas se encuentran en un entorno aparentemente intelectual, pero sumamente machista que poco a poco las va consumiendo hasta quebrarlas completamente (cuántas veces no hemos escuchado situaciones similares).

El final no es solo agobiante, sino que encarna la frustración que las mujeres podemos llegar a sentir ante la violencia machista. El espectador deseará profundamente algún acto de justicia que desgraciadamente no llega. Un balde de agua fría.

Los sonámbulos esta disponible en Amazon Prime

Trailer:

Los sonámbulos