¿Oyes el fuego?
¿Oyes el fuego?

¿Oyes el fuego?

Crítica de Noche de fuego (2021), de Tatiana Huezo

Por Kathia Jiménez
@Alegria_Kath

“Querría ser cualquier cosa en este mundo pero no una mujer. […] ¿Hasta cuándo debo aceptar sufrir? ¿Cuándo anunciará la naturaleza mi liberación? ¿Dónde está la casa del Juez? ¿Quién ha descrito mi destino? […] Querría ser cualquier elemento de la naturaleza pero no una mujer…”. ROYA, Kabul, 2009.

En septiembre de 2021, la toma de Kabul por los talibanes puso nuevamente sobre la mesa la violación a los derechos humanos en la capital afgana. Siendo una agrupación política y militar ultraconservadora que ascendió al poder en Afganistán en 1996, los talibanes impusieron un régimen radical que afectó en gran medida a las mujeres. Estas fueron obligadas a adoptar comportamientos sumisos, tales como el uso obligatorio de la burka y la compañía masculina en el espacio público, la prohibición de asistir a la escuela o al trabajo, e incluso padecer violencia física en caso de desobedecer —entre muchas otras obligaciones—, causando bajos índices de acceso a la educación femenina y una creciente violencia de género1

En 2001, con la llegada de las tropas estadounidenses, parecía el fin del régimen. Sin embargo, es bien sabido que parte del ascenso talibán fue ocasionado por Estados Unidos durante la Guerra Fría para frenar la avanzada soviética en Medio Oriente proveyendo de armas a grupos de fundamentalistas islámicos —muyahidines— que después se dividieron en diversas células terroristas, dando origen a los talibanes2. Derivado de este conflicto, Hollywood produjo diversos filmes sobre Afganistán con los que pretende limpiar su imagen a través del sufrimiento de sus soldados3. Por el contrario, The Breadwinner, el pan de la guerra, es un filme animado que trata sobre Parvana, una niña de Kabul que, tras el arresto injustificado de su padre, decide deshacerse de la burka y su larga cabellera negra para disfrazarse de niño y salir a trabajar para alimentar a su familia conformada por mujeres. La conmovedora y cruel historia nos hace pensar en lo afectadas que se ven las infancias en esa latitud —sobre todo las femeninas—, pensando que todo lo anterior sólo sucede en sociedades tan cerradas como las de Medio Oriente. 

¿Qué tan alejados estamos de Afganistán?

Noche de fuego (Tatiana Huezo, 2021) nos presenta a Ana, una niña de un pequeño pueblo situado en Guerrero maniatado por el crímen organizado. Ana es una de los tantos infantes de la comunidad que vive al cuidado de su madre. A su vez, estos niños crecen y se adaptan a la latente amenaza del narco, ya sea huyendo o integrándose a este. No obstante, el pueblo comienza a hartarse de las atrocidades ocasionadas por los criminales, por lo que cada que una niña es secuestrada, incendian el campo y se convierte en una noche de fuego.

Situada en dos tiempos —la infancia y la adolescencia de Ana—, el filme muestra cómo las redes del crimen organizado se normalizan entre los personajes. La infancia de nuestra protagonista sirve como planteamiento de la historia en donde nos percatamos de la existencia de agrupaciones de poder: por un lado, los militares que “protegen” a la población echando veneno para evitar el cultivo de la amapola; por otro, los narcotraficantes que de vez en vez transitan por el pueblo para llevarse a alguna niña, lo que motiva a las autodefensas a actuar. En este sentido, en la adolescencia se observa que no hay quien escape de la organización delictiva: casi todos los habitantes trabajan para el narco, ya sea en los sembradíos de droga o yendo de la mano con ellos. De este modo, la promesa del narcotraficante de cuidar a sus jornaleros pierde importancia y se revierte al atacarlos.

Rita, madre de Ana, es una de las tantas mujeres abandonadas por sus parejas que migran al país vecino. Estando a la inútil espera de una llamada o algún “dinerito” del padre de Ana, se ve obligada a trabajar en los campos de amapola. No obstante, teme que la pequeña pueda caer en manos de estos victimarios, por lo que, a modo de protección, cava un escondite en el patio trasero, y mutila la larga y ondulada cabellera de la niña. 

Sin entender muy bien por qué, Ana se da cuenta de que sus compañeras de escuela y amigas —Paula y María— también tienen fosas en sus casas y han sido casi rapadas. Niñas que juegan a maquillarse y corren por el pueblo, se ven forzadas a madurar y a comunicarse entre ellas a través de la escucha, tal como sus madres lo hacen: las niñas aprenden a interceptar e interpretar los sonidos de su alrededor, adivinan lo que entre ellas piensan o sienten. Sentidos que después les servirán para evitar ser una presa más. Lo anterior mantiene el misterio que representa tanto para la historia como para el espectador el rapto de niñas y adolescentes en la zona.  

Por otro lado, la educación se ve obstaculizada constantemente. Los maestros foráneos son atormentados y violentados constantemente por el crimen organizado, lo que propicia el rezago escolar. Sin embargo, es en este espacio donde, como buen ideal educativo, se incentiva la libertad de pensamiento, la circulación de ideas en torno al espacio habitado (como la destrucción de una cantera) y el cambio a lo establecido. Pero es también donde podemos observar que varios niños de la comunidad han dejado la escuela por voluntad propia para llevar el alimento a casa. 

Aunque queda olvidada la cantera, que en un principio es una protagonista importante con su paulatina demolición, y quedando inconclusas las razones de su protagónico en el filme, funciona como metáfora de lo desgastado y ultrajado que está el pueblo por el narcotráfico. Por el contrario, el punto medular de la película —a consideración propia— es el hecho de nacer mujer en un narcoestado que mantiene enjaulados a sus habitantes, forma alianzas con las autoridades y tiene como adorno a los militares. 

Poniéndole nombre y apellido, es así como el trabajo de cine documental previo de Tatiana Huezo se concentra en un largometraje no tan ficticio como Noche de fuego, presentándonos un panorama en donde la identidad femenina se esconde bajo un peinado corto y un hoyo en la tierra, truncando los sueños de estudiar y salir de la comunidad hacia un mundo mejor. La integración de jóvenes e infantes a la organización delictiva es la nueva promesa de un futuro lleno de poder y riquezas.  

Por cierto, cabe resaltar que México y Afganistán son unos de los principales países productores de amapola (y en consecuencia de heroína) a nivel mundial. Tanto el narco como los talibanes son los principales beneficiados de dichos sembradíos. El cliente estrella es Estados Unidos. 4Mucho se sabe de las víctimas que consumen el sintético, pero poco se habla de las víctimas que son forzadas a producirlo no precisamente por gusto, sino por necesidad. 

¿En verdad estamos lejos de Afganistán?

Noche de fuego

1Venzalá, Clara R. “Las mujeres de Afganistán, siempre en la encrucijada”, en El País, 01/09/2021, consultado el 03/12/2021.  https://elpais.com/planeta-futuro/2021-09-02/las-mujeres-de-afganistan-siempre-en-la-encrucijada.html

2Sylvester Stallone fue un actor que encarnó los deseos y conflictos estadounidenses de la Guerra Fría, en Rambo III (1988) combate a los soviéticos en Afganistán. Por otro lado, La guerra de Charlie Wilson (2007) muestra más claramente el conflicto entre EUA y la URSS en Afganistán.

3Franch, Ignasi, “El arma de Hollywood para intervenir en Afganistán: la autocompasión”, 05/09/2021. Consultado 03/12/2021, https://www.eldiario.es/cultura/cine/arma-hollywood-intervenir-afganistan-autocompasion_1_8267832.html

4A pesar de que los cultivos de amapola, principal componente de la heroína, cayeron un 27% en 2019, permanece la importancia de su producción y exportación. Forbes Staff “Cultivo de amapola cae 27% en México; producción de droga sintética se mantiene: EU”, en Forbes México, 31/07/2020. Consultado el 04/12/2021. https://www.forbes.com.mx/noticias-amapola-mexico-produccion-droga-sintetica-eu/