Los presagios del Sándwich sin dueño
Los presagios del Sándwich sin dueño

Los presagios del Sándwich sin dueño

Crítica de El perro que no calla (2021), de Ana Katz

Por María Gómez
@incognitaazul

El perro que no calla es un largometraje escrito por Gonzalo Delgado y Ana Katz (quien a su vez lo dirige). Una película argentina de cierto modo ambigua y con tintes fantásticos. Es por eso que empezaré diciendo que durante los primeros cincuenta minutos uno pensaría que el tema es completamente diferente; casi como una oda al día a día que termina replanteando los pilares más importantes de la vida: el trabajo, el amor e inclusive la existencia misma.

Retrataré a través de mis palabras los primeros minutos de la manera más normal y elocuente que pueda: Vemos a Sebastián, un hombre de unos treinta y tantos años, un tanto solitario y sin muchos apegos por el mundo material. Va por la vida con la única compañía de su perra Rita, para quien no encuentra un lugar donde la acepten. Rita no puede estar en su propia casa debido a los aullidos nocturnos que incomodan a los vecinos. Como espectadores nunca somos testigos de aquello, pero quizás acompañan el compás de la tristeza de Sebastián.

La cosa empieza a ponerse de mal en peor cuando Sebastián debe tomar decisiones respecto a cómo llevar su vida sin que su entorno se vea afectado por la presencia de Rita, así que deja su trabajo como diseñador gráfico y decide mudarse a una casa de campo para trabajar en cualesquiera que fueran las labores que la casualidad le encontrará; cuidar a un anciano enfermo o ser locutor de radio.

Hipnotizados por una imagen incolora y un sonido ambiente limpio, logramos ver el cotidiano y la melancolía que habla sobre lo que fue, sobre lo efímero del ahora, sobre cómo sobrevivir en el desasosiego. Todo esto seguido de un inusual uso de recursos como unos dibujos, los cuales construyen el discurso de la pérdida de manera tan real como las imágenes en movimiento que lo anteceden.

Algo que he de enfatizar es que existe una magia oculta que logra transportarme (podría decir que a cualquiera que viese el largometraje) a la realidad dentro de ese mundo monocromático, donde como espectador sentimos la impotencia de no saber qué hacer con Rita ni con uno mismo en una sociedad construida sobre lo individual, sobre la producción y sobre el trabajo a toda costa. Inclusive, se logran despertar sensaciones más positivas como la paz de ver una cometa volando por el aire o las ganas de comprarle todo al vendedor ambulante en el transporte público.

Es ahí, en ese transporte público, donde para mí empieza la segunda parte de la historia, el detonante del caos: un sándwich sin dueño y un meteorito que cae a la tierra.

Entre el descubrimiento del sándwich sin dueño y la consecuencia vemos un intermedio de felicidad; Sebastián por fin descubre el amor sumido en la casualidad del baile, la paternidad a través del embarazo de su compañera y el trabajo duro cultivando los vegetales de la cooperativa para la que trabaja. Llega la consecuencia: el desmayo masivo de todos los trabajadores de la cooperativa, de nuevo, precedido de unos dibujos que representan el caos y la realidad de respirar dentro de unas burbujas transparentes de manera distópica, así como caminar con la altura de un metro veinte sobre el piso, es decir, casi acurrucados. Todo esto, quizás, a costa del sandwich sin dueño y de un meteorito que cae al suelo.

Sin embargo, la razón por la cual resulta que los humanos no pueden respirar bien ni vivir tranquilos es algo confusa, y nos lleva a conspirar y a traducir la razón según lo que veamos, ya que los cincuenta minutos anteriores carecen de justificación para tal consecuencia.

Esta situación, quizás hilarante, es tal vez una predicción de lo que la humanidad vivió a partir del covid-19 , dado que es una película ideada antes de la aparición de este virus en nuestras vidas. En cualquier otra situación, y en años anteriores, nos hubiésemos reído ante tal realidad, pero hoy es más como recordar aquello que hemos saltado como las páginas de un libro.

Un apocalipsis, un roce entre el deseo de vivir y la violencia, entre la desesperación y lo cotidiano. Es así que la burbuja por la que respiran algunos se vuelve tan sólo un privilegio que ciertas familias e individuos pueden costear y del que otros carecen. Pero, eventualmente, el apocalipsis no es más que una angustia colectiva que termina mermando, convirtiéndose casi en un absurdo del que sólo permanecerá la duda y la angustia existencial de la que Sebastián no ha podido escapar.

Y aun así, dentro de la melancolía habita lo poético: regar las plantas volviendo al inicio, como una semilla que renace, esa es la humanidad, siempre dispuesta a renovarse y a seguir adelante.