Un soñador con hambre de aventuras
Un soñador con hambre de aventuras

Un soñador con hambre de aventuras

Ensayo sobre Simón el mago (1992), de Víctor Gaviria

Por Geraldine Serrato (@escriboconfotos) y Carol Tibanta (@caroltibanta)

La evolución de la humanidad desde sus inicios siempre ha estado impregnada de grandes costumbres, mitologías y hazañas de lo sobrenatural que trascienden el raciocinio y dominio de las personas. Desde la era de la esclavitud, la época colonial, las conquistas y en las poblaciones indígenas se ha tejido una serie de leyendas, mitos y fábulas de generación en generación que van desde lo fantástico hasta lo mágico. Estas eran contadas por los adultos, sobre todo por las servidumbres que trajeron su mitología desde el África, cuando fueron tomados como esclavos, y que hasta el día de hoy siguen latentes, cogiendo fuerza en la imaginación de los niños, que no se conforman con solo escucharlas, sino que buscan ir más allá de las palabras.

A través de esta historia vemos como lo posible e imposible se transcriben en un hecho cotidiano que, mediante la penumbra, oscuridad y rincones, nos hace recordar aquellos días en los que nuestros abuelos o padres nos contaban estas historias alrededor de una vela y luego nos hacían ir a la cama con el temor impregnado en los huesos, con una sensación de querer despertar lo más pronto posible para buscar la verdad en la luz del día. Es allí donde se enmarca Simón el Mago, una película basada en nuestra realidad.

Es increíble como una palabra, algo que vemos o sentimos se vuelve una idea para abrir paso a infinidades de mundos no solo en nosotros mismos, sino en un compartir de experiencias entre las personas. La imaginación que recorre nuestra vida, desde los sueños hasta la realidad, nos persigue para encontrar la felicidad o un anhelo por cumplir. Cuando se es niño, la inocencia y la creatividad son lo que nos mueve, pero con el paso del tiempo pareciera que todo fuese acabando, como si la realidad nos consumiera y nos metiera en una burbuja. El niño de adentro se esfuma y la vida se vuelve cuadriculada; si viviéramos cada día con un toque de inocencia en nuestro ser, seguramente seríamos menos pesimistas o veríamos constantemente la realidad desde miles de perspectivas.

Esta es una historia que conecta a las personas con sus propias vivencias de infancia, con las escenas donde se simboliza la correa como objeto de rectitud para el descarriado, la inocencia y la complicidad entre niños para con su niñera o sus propios padres. O la simbología de las protecciones contra la brujería, muy populares en Colombia, pues cualquiera al verla la reconoce y conecta con aquellas personas que cuentan con experiencias similares.

Este filme fue realizado por uno de los tantos artistas colombianos que buscan pasar de la ilusión a una realidad con bastante expectativa, pero en lo que fue la década de los 80 y 90, el cine colombiano luchaba por seguir en pie en la industria, pues los recursos y apoyos eran bastantes limitados; aun así, se consiguió la materialización de este. Es entendible que en la producción hubiere fallas como la falta de iluminación en ciertas locaciones o la ambientación nocturna para ciertas escenas. Seguir la continuidad entre los sucesos de la historia en varias ocasiones fue complicado, debido a los saltos entre escenas o al desfase de audio en las conversaciones de los personajes. Lo más importante es que, a pesar de todas estas complicaciones, la película pudo cumplir su objetivo y dar a entender cada momento importante de la historia.

Cuenta con un montaje alterno, puesto que se pretende expresar los relatos dichos por Frutos: es una relación causa-efecto que nos produce la sensación de curiosidad e incertidumbre por el desenlace de los mismos y la imaginación de Antonio luego de escucharlos. Maneja un ritmo dinámico en el que cada acción del protagonista va de la mano con su sed de aventura, es una sorpresa tras otra. La dirección de arte nos permite apreciar la ambientación de un pueblo antioqueño costumbrista y tradicional, de una familia que reside entre lo rural y lo urbano. Los lugares donde se desarrolla la película son de arquitectura de estilo barroco y neoclásico, como casas de paredes gruesas, suelo en madera, jardines en el centro de la casa, espacio para crianza de animales domésticos y de granja, estudio, habitaciones para la familia y los empleados. El vestuario de los personajes es de estilo colonial del siglo XIX, complementado con ruanas o chalecos, sombreros y bastones propios de la época; en el caso de las mujeres, son vestidos largos de mangas largas; la mayoría del tiempo muestran a los niños y a las criadas descalzos, y a los hombres en chanclas.

Predominan los planos secuencia, planos generales, planos medios y primeros planos para mostrar las acciones y reacciones de cada personaje con respecto a su entorno, como la picardía entre los jóvenes y la seriedad entre los adultos. Se utilizan fundidos a negro para dar cambio de escena entre lugares o espacios de tiempo. En los movimientos de cámara, se presencia varias veces el travelling, pan right o left, y tilt down para las escenas de suspenso o terror, en contraste con las situaciones fuera de tensión; cabe resaltar que juegan mucho con los paisajes montañosos, así como con los amaneceres, no solo para acentuar los cambios de días, sino también para dar más intensidad entre los relatos de Frutos.

Simón el mago (1992), Victor Gaviria