Matar al dragón
Matar al dragón

Matar al dragón

Por: Grace Ríos
@gracebud_

Matar al dragón (2019), de Jimena Monteoliva.

Ver una película de terror, en la actualidad, se ha convertido en un reto para los más valientes. Y no me refiero sólo en el sentido de enfrentarse a las imágenes e historias de monstruos que nos quitarán el sueño por la noche; sino precisamente todo lo opuesto: que uno termina riendo en lugar de asustado, o decepcionado de no haber experimentado ninguna de las emociones propias del cine de terror: miedo, tensión, intriga, el cardio del día. 

Matar al dragón es una de esas películas que le apuestan al género, utilizando elementos fantásticos para envolver metáforas sociales que podrían resultar aún más terroríficas si no estuvieran impregnadas de la cotidianidad que banaliza, a los ojos de muchos, hasta los actos más violentos.

En la película, Helena se reencuentra con Facundo, su hermano, después de haber estado 20 años desaparecida. Desorientada, comienza a recibir un tratamiento que purificará su sangre para eliminar un supuesto padecimiento viral ultra infeccioso.

La ambigüedad obra a favor del avance de la trama, y sin que se aclare del todo si Helena aún tiene o no el peligrosísimo virus, es llevada a vivir a la casa de Facundo, en la que conviven también su renuente esposa y sus dos hijas. La menor de ellas se muestra cariñosa y entusiasmada por la llegada de la misteriosa tía; la mayor siente cierto recelo y una curiosidad desbordante por conocer a la nueva intrusa en casa.

A través de los flashbacks de la protagonista se van hilvanando, en pequeñas dosis, algunas de las preguntas que se plantean durante los primeros minutos del largometraje: ¿qué le pasó a Helena? ¿Quién se la llevó y dónde estuvo todo este tiempo? ¿Cómo logró escapar?

Sin embargo, estas preguntas que resultan prometedoras al principio de la historia, convirtiéndose en las dos principales líneas narrativas —el temible virus y la criatura fantástica come niñas—, terminan por diluirse sin llegar nunca a una resolución. El mundo diegético se nos presenta ajeno y la información arrojada a lo largo de la película no es suficiente para descifrarlo. 

Los personajes son usados en pos de la trama y carecen de voluntad. La mayoría de las veces toman decisiones ingenuas; lo cual si bien no es novedad en las entregas de terror, en este caso aparecen únicamente como consecuencia de su propia inercia y no de una curiosidad punzante o una búsqueda ominosa por escapar de un peligro inminente.
Las metáforas a la trata de blancas y a la violencia de género que se asoman entre líneas, se ven opacadas por un par de actuaciones inverosímiles y un final de cuento de hadas que da la impresión de que los problemas están resueltos. De ahí que Matar al dragón es un ejercicio de cine de género con causa social bienintencionado, pero que resulta fallido en su afán por integrar más líneas narrativas de las que el entramado temático podía sostener.

Matar al dragón será proyectada para Colombia como parte de la programación del Bogotá Horror Film Festival, el cual irá hasta el 30 de octubre.

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